HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

Fui cuentista, actriz, prostituta y asesina, de mi secreto. Mi secreto se inflamaba por la cólera conservada, en las huellas de jabón sobre el lomo de fuego del búfalo. 
Lo enterré en el interior de mi tierra estéril. Lo amotiné con piedras volcánicas y fantasmagóricas. Y lo hundí con agujas en mi lengua. 
Todos tenemos la vergüenza psicótica, de un muerto no velado, no enterrado, no nombrado.
El mío era un ejército. Circunspecto, del aullido de mi útero. Del alcohol que bebí entre las tumbas como se mama de la madre. 
Hoy se encama conmigo. Guardo las maneras follándome árboles, donde sólo los cuervos me miran.
Trago saliva, meo sangre de ciervo. Y cazo lo que me caza.
A veces mi defensa, es un macabro naufragio. La oscuridad me reconoce, me da sus pechos, me embriaga con las pesadillas, que detrás de mis ojos, aguardan la vida de la bestia. 
En el manicomio aprendí a perfeccionar mis engaños, disfraces de queroseno y estiércol. Para ser honesta y desnuda, con la Nada.
Fui puta del amor, cuando creí en su utopía. Cuando busqué el complemento del semen en mi vuelo hacia el crepúsculo.  Hoy sé que sólo lo tienen las lobas. Todos ellos, a los que ofrecí parafernalia de burdel y poema, sangre y vómito, fueron sólo participio, del retorno de la montaña del fuego.
Todos ellos, tablero de ajedrez, haciendo astillas entre mis ovarios para amamantar a la hoguera y azuzar animales, donde sus tumbas lloran lo que no supieron volar en la muerte.

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