HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

Fui tragada entre las procesionarias de los pinos, por el reclamo de la oscuridad, cuando ahí afuera, la luz era plástico quemado debajo de un charco seco, matando sapos.
Elegí la nada, cuando el resto de caminos me eran cagadas de supermercado cotizando el valor del capitalismo y la memoria asesinada de los lobos. 
Elegí, cuando la espada y la pared, asfixiaban mi corazón, ser la semilla rota de la muerte. Andar desposada con lo imperdurable, con el ojo succionador de mi sangre entre mercenarios sanatorios del dadá que el puercoespín sangraba en tu cráneo. 
Todo estaba muy seco, entre las pezuñas, de mi espíritu amotinado al metal fundido. 
Fui suburbial, de mi centro. Enloquecida de la droga de la luna ensangrentada. Motin de solitarias ratas chupando de los espinos mi salvia, abriendo en mi herida, el primer vocablo, separado de mi vida por siete tumbas y un león. 
No fue por lo heroico y si lo fue, sólo lo saben los buitres. 
Detrás de los rompecabezas, sumé tus naipes, eché whisky en la borda que me esperó arrojada por la borda.
Y a perros sueltos, entre infiernos, esa manzana ensangrentó, pupila de venado, donde cavábamos la tierra para sacar el feto primitivo que nos dio el aire. Y volverlo en el vientre, la tormenta que nos acerque a la isla.

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