HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

Hago pozos, donde el paso desnutre el refugio hacia la llamarada del horizonte en armas volando tu cabeza.
Soy la pala y el animal muerto, la llamada del agua, donde sólo soy un instrumento-chivo expiatorio, del universo.  Pasa por mí todo lo vivo y lo que no lo está, retuerce mis entrañas, donde soy la nada, que espera el Ritmo. Nada me pertenece. Ni siquiera mi cuerpo. Es una proyección de una cuántica que no conoce la materia.  Busco entrar detrás del símbolo. Pero sólo tengo los símbolos para hacerlo. Eso me somete al mito. Los símbolos escriben un jeroglífico de realidades tan densas como el acero, tan frugales como el olvido. La ventana es una muerte. La ventana reclama el riesgo de salir volando por los aires.
Es un trabajo suicida. No se avanza sino se ha roto la necesidad de ser alguien, de amar un concreto, de tener un sentido en la existencia.
La conciencia de ser implica la conciencia de no ser. 
No ser es muy jodido cuando el estómago tiene hambre. Cuando me llaman mareva y yo respondo como si estuviera allí. 
Entre los dos mundos, el hielo corrompe, la hoguera que corrompe al hielo. El viento no siempre vela.  La noche a veces trae la caza y carnicería.
Me mantengo en pie, a través del éter.
Me arrastro serpiente, por tu espalda de fuego. Mudo la calavera si tu amor me mata de amor, si tu sed me ahoga de carne. 
Me disfrazo sacando mis costillas por los dedos. Tan sola como una roca olvidada debajo de un lago al que no le llegan las estrellas. Me desviste la mar. Me dice, no moriremos porque ya estamos muertas. Me besa con su útero hechicero, cada centímetro de mi piel inbesada. 
Los sueños me hablan en murmuros de bestias, todo aquello que le di a las tumbas. Los despiertan y los arropan en mis ojos de vídrio. Me inoculan llamas que me matarían ahí afuera, y las protegen de mí y del cielo, en un secreto que sólo los locos conocen.

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