HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

Han cambiado las patas de la mesa que sostenían el hambre en el papel del canto.
Cambió mi mano, al temblor del lápiz, de la luna, del fin, de la idea de la morada, el deseo, el porqué.
Fue un trabajo lento, forzado, del declive, del otro lado de mi escritura, cortándome los ojos.
Fue de a poco, pobreza enamorada.
Desatino desamparado, risueño, llevándome en volandas donde sólo soy amasijo de huesos.
Fue tambor con ojos animales.
Darme la vuelta, huir.
Llenar de muros mi asedio.
Que sólo cante la rana. Que sólo la nieve cierre los puntos suspensivos.
Fue de carrera en el fracaso. Derroche de hambruna de perras, en bares, a los que soy, extranjera, intrusa, de whisky robado, de ataúd entre las piernas, de tráquea hinchada e inflamable, por el tango con la nada. 
Fue de vestirme, años, con los escombros, que me dijeron que eran muy feos e intolerables, pestilentes.
Fue de preñarme de la fealdad rota que me vi a través de sus ojos.
De mucha aprensión de mí hacia el tiro de la ayahuasca. De mucho ego, cuando mis burdeles anegaban la cañada a la que iba coleccionista de huesos y estiércol.
Fue de hacerme la blancanieves cuando por dentro el alimento sólo era negrura y dulzor de bichos en el monte. Fue de llorar cicuta en mis paredes. Pozo de lamentaciones de lágrima intravenosa. Bigote de ratones y ojo de serpiente a la sopa de los demacrados.
Fue de puta compasión. Porque el muerto no había sido enterrado. Nadie dijo que andábamos de duelo. No hubo ovarios para sangrar esos cien años de podredumbre a tiempo.
Pero es sabia la muerte. Obliga a vomitar al beso del pájaro, la gangrena acumulada por la sombra pegada al suelo.

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