HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

He estado lejos. Escribiendo metáforas donde el cuerpo es una balsa de humo.  Entre la tormenta, la obsesión, y mis huellas descalzas colgando de las escaleras que se hunden en los sótanos, como búfalo desbocado, hambriento del final de no sé qué partida que entre el abismo y el humus destaza los naipes del tiempo.
Mi exilio ha tomado un caracter absolutista. Busco la ventana en mis pesadillas. Tengo la extraña certeza que sólo desde mis sueños puedo volver a mi casa. Quiero abrir los ojos, cuando mi cuerpo yazca sobre la cama extranjera en la que duermo y dibujar con pis y piedra, en una pared onírica, un pájaro que convierta el muro en polillas de ceniza. Y seguirlo, mucho más allá, de lo que mi vida ha sabido en la tierra. 
Todo esto me posiciona en el cierzo que congeló tus cerezas.  Y me es irrelevante, mi yo respecto a la gente, a mi vida. Todo me parece una ilusión, maldita en la proyección de la materia, de mi serpiente en su pasado, dando por sentado, lo que tragaba la silla sin patas, en el agujero del cielo.
Hay un laberinto. Sólo puedo ir hacia delante. Pero allí nada es lo que parece. Hay círculos de fuego, desencajando las habitaciones. Atravieso  la del líquido amniótico entre puñaladas de madera, y vuelve desde mis ojos, cavada sobre mis costillas a abrir sus despensas y sus cocinas y cuchillos. El arriba es también abajo, el atrás, tiene un lobo en el horizonte, afilando en la yugular desde la sangre del olvido, el despensario de las olas.

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