HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

Hubo una separación.
Cautiverio, del cuerpo, de mi vida.
Al abrazo de muerte del poema. 

Escupí una marioneta de paja.
Toda esqueleto, suicida, sombría, agonizante.
Apaleada por la ausencia, de esa voz de tierra, en la voz de ahí. En la mía. Cuando el aire es tundra. Cuando el olor es piedra cadáver.

Ahí. Siguió el juego.
Dando cuchillo más hondo, al cuchillo que yo me daba.
Atrayendo la oscuridad que me engendraba, en mi asedio. 
Favor de Baba Yagá. Golpe seco, impiadoso, urgente, aunque duela hasta el delirio. 

Fue esa muerte. La que me señaló el camino al regreso a los bosques.
Fue un complejo proceso, introspectivo, de mi ceniza, de lo cobarde, de lo falso, de mi trampa, de mi gangrena. 

El estramonio, el símbolo, el fuego oculto de su raíz de carbón. Y algo más allá, de mí. Selló una rara promesa de abordaje. Inevitabilidad al retorno del umbral de la nada.

Trampeé, 10 años, mi cadáver paralítico, entre el poema y mi yo-fantasma, entrega, por suicidio, por orgullo, por piedra atascada.  Por necesidad de vida. Aunque la muerte tenía más de ella que ese fantasma.

Separé, los mundos. Dejé a mi cuerpo congelado, máscara triste de la payasa hambrienta. Mano suplicante de murciélagos entre excrementos de agua. 

Fui un teléfono rayado, cacofonía de metales y violadas... en la calle. Tomando recibos con el recto, con la sangre. Echando contra mi vida, el secreto del poema. 

Fui voyeur de los mundos asesinados por mi exilio.
Pura trampa, regenerativa, del círculo vicioso, de la perdición.

Dejé, media vida, colgada.... al infierno.
Dejé allí, mi cuerpo, festín de depredadores. Yo suciamente pagaba la cena.
Yo escupía hedor desentonado. Amores baratos de teatro que cierra la puerta cuando ya no hay nadie.
Fui yo, mi masoquismo, entre esos mapas derivacionistas de la hambruna.

Dolió saberlo.
Mis huesos se cambiaron de barrio.
Soplaron tramontana de la mujer-esqueleto. La dama muerte venía con su auxilio despiadado.  Yo era la que tenía que morir. Yo y todos mis fangos arremangados de una ecuación mal hecha, cuando la estrella te quema toda la piel, si pides luz, antes de limpiar tu cloaca.

Fui cobarde. Acepté el conford del exilio. Pero no era total. Una zona, interactuaba. Esa zona, chivo expiatorio de mi payasa de los moratones y huertos de mierda, era deshonesta, era espejo sin conciencia de la pestilencia acumulada en la tripa, en el cuerpo, en los suelos gangrenados de los manicomios que no ardieron. 
Era un jodida hipócrita sostenida por la amanita y la guadaña.
Sonaba el ring ring, hablaba como Maruja, dando lechugas y berzas, para ver si el conejo se hartaba hasta la indigestión.
Era la tia Mari, vendiendo gato por liebre, y tragando los gusanos, para esa mampara negra de mis sueños.
Era la deshonra de mi Peter Punk. Amor envenenado por un corazón de piedra. Donde al girar la calle, me vestía mis cadáveres al arropo de la angustia. Sólo el tormento volaba las hojas en mis patios. 
Era la intrusa. La prostituta. Mi asesina. Era todas las traiciones, menos el del poema. 

Cuando lo supe. Me puse a morir, por suerte y sin clemencia.

Hoy velo con pólvora, con flores y animales. El canto del fuego.
Ni un paso atrás.
Ni una moneda. Nada qué tomar. Nada qué llorar. Nada qué pedir sino al Infinito y él lo da de otra manera..
Nadie muy dentro mío lleva la rienda de los caballos de llama hacia la mar.

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