HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

Ir por esa senda de helecho y roca y tierra, al viejo robledal. 
Abrazarme de madre primitiva, al silente enllamado del viento que agita mis pobrezas.
Al lado del águila, alientos de lobo en la noche indescifrable del bosque.
Como volver a nacer, cuando tras la cáscara no pervive ni nombre ni historia.
Saber que lo extraordinario acecha en los murmuros donde el yo se precipita a su muerte. Me agarra calavera de venado, la unión umbilical entre el suelo y la nada.
Sueño con los fantasmas que alimenté con sangre en el cuarto del manicomio. Todo lo que temo, si me arriesgo a besar su boca, es un animal liberado, embriagándome su danza. El espanto juega en ésta casa de muñecas asesinadas al doble o nada de la música. Todo lo horrible, oculta en su hueso, el vuelo de la libertad. Los demonios, son niños del nunca jamás presos por tu miedo. Queriendo regresar a casa. Desolados en el exilio que impusiste.
La muerte nunca fue enemiga. Armonía del fractal, dadá placentaria, serpiente con alas sobrevolando todas las sombras.
Si te cansas hermana, agota en las líneas de tu mano pigmento de nube. Dibuja enloquecida jaurías de la tempestad regresando a su montaña. Brazos de luna, cabellera del sol, piernas oceánicas, cuando el fuego todo lo amó en su trompeta de hueso, acordeón de lo infinito, desabróchate el cráneo, vuela.

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