HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

La a-morosidad que te escribió todos esos versos.
Me endeudó por suerte y con crueldad, lobo negro, donde la mano saca de los naranjos, carniceras escaleras al interior de las tumbas.
Te extrañé, payaso alcohólico en mi delirium tremens, con tu guadaña rompiendo de la fantasía su final del palacio y el arroz.
Te extrañé entrecejo neandertal en el tercer ojo del crisantemo acuchillado en mi corazón.
Fue todo teatro. Vinimos con 13 máscaras, de ortiga y toloache, de no me queda ninguna puerta haz el favor de quemarlo todo al salir.
De si la Obra me incluyó no fue por amor ni descendencia.
Si viajé en la locura el suicidio de tu madre, fue reclamo de lucidez cuando los ojos de los vecinos eran bolas de cristal envenando a las abejas. 
Del tirabuzón de amanita, el escarabajo bailó, de tu calavera, mi hueso disecado en tu supuesta emoción, sentimientos de circo y gladiadores, follando ficción para justificar la carcoma de la mesa.
Ninguno seguíamos el papel, porque eso siempre fue del fuego.
Equivoqué mil veces y la Pi, el camino, al burdel pidiendo coñac y guitarra. Al entierro de la vieja, buscando butaca en primera fila. A la jeringuilla, pasión de flor. Al espejo pintura negra. A tu corazón, Franquestein. A los piojos, pelo cano de mil vals entre las fuentes. A la montaña, gruta de desnutridos leones. A las ruinas de tu casa, metralleta. Al país, estiércol. Al senado, dinamita.

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