HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

La soledad no tiene paredes ni crucifijos.
No se recogen monedas. No se guarda para mañana. No se ensila cadáver del ayer.
Ella no colecciona nada que no rompa el viento.
No recuerda la última frase.
Ni en que punto y coma, desangraste el plato a cuchillo y tenedor, de tu querida paloma del hambre. 
Ella se abre hasta al sol. Se marea de latitudes verticales de la embergadura de la nieve en el pezón de las aves. Ella se cierra de enana blanca, todos los peldaños del poema de los laberintos.

No es ella nunca,  la que se duele del frío de las camas vacías cayendo por el Leteo cuando el invierno se cuece en el vientre de la nada.

No es ella la que fada la ausente mano en el hueco de tu mano.

Ella se sabe, flactal en el infinito.
Hija de bosques, hoja de lobos.
Madre y horfanato, de la palabra. Cuna y puente, del  fuego que reproduce.

Ella siempre está llena, porque el vacío es su paritorio de música.
Ella es matrona del secreto de la noche, del sabor del barro en la boca que inhala de las nubes los besos animales del infinito amor.

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