HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

Lo que me parió en la locura, fue y es mi único camino.
El temblor de hielo, tatuándome en una pared, como esperma de estatua de sal, como zopilote desaparecido, exiliada estrella, haciéndome vudú de neandertales. Mi atragantamiento de roca, cuando todos ellos me eran fantasmas y yo un hálito de vapor entre glaciaciones. 
Tendría 17 años.
Todos mis caminos volvieron allí.
Tomé distintos afluentes en la hoguera de su palabra. Quise prostituirla entre whisky y blues, semen de noches deshuesadas, venados de plomo en mi vagina. Pero ella, era más fuerte que mis trampas.
Aquella palabra que no tenía ni letra ni sonido. Bestial y asesina, inevitable. Fue la tráquea de todos mis poemas. Fue la lágrima de rayo y agujero. La respiración de animales debajo de mis colchas, rastreando mi sombra como hueseros y demonios. Como la guadaña de la atracción imbatible de la muerte. 
Una vez que ella entra por la carne, cuando los ojos explotados en lo etéreo, tiemblan la destrucción de todos los territorios. Jamás se puede caminar sino es hacia ella.

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