HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

Los gallos. Los ladridos de los perros. Los pájaros del verano, armados por el viento que destiñó tus pupitres. Mi letra, precipitada huyó, donde tu boca era plomo y oceáno. La garganta tomó primero el canto del animal y de la llama. Allá en el hueso, el tambor empuñó la música prohibida.
No soy lo que miras ni lo que miro. 
Soy un pulso contra el filtro de mi ojo, de tu ojo, de la palabra, del peso del cuerpo.
Soy teatro que se sabe, portador de circos, tragicomedias, amor de jeringa y soplete, de hollín y sombra. 
Soy subjetiva del cubismo inquisidor. Desobjetiva para objetivizarme de luna llena y tigre. Dadá que no se va. Porque detrás de todo, lo desconocido corta las venas y todo lo que se dijo ser, se desdice en el beso de la muerte, jauría.

Todo lo que diga del árbol será mentira, porque no soy árbol. Si digo que sus hojas son verdes, el árbol tal vez diga, son roca en placenta, son uñas de agua, son cuevas escondidas, es un coyote que duerme.
Todo lo que diga de mí, tampoco acertará, porque la palabra por ser, manipula, porque mi mente por ir, transforma. Porque al exteriorizar algo eso mismo se interioriza en otro plano, y la vuelta no es líneal, no es sólida, ni abarcable, es pura ayahuasca más allá del tiempo y de lo sabido. Cuántica de gigantes en un ácaro de polvo, de neurona al microscopio de una estampida de estrellas.

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