HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

Me baño en el río, entre gusanos y aguas contaminadas.
Alguna vez éstas aguas quitaban la sed. Vestían a las campesinas con salvia.
Ahora flota lejía, hijos ahorcados del viento.
Pero el río conserva todas las memorias.

Me dejo arrastrar contra la corriente, la inútil cicatriz de querer ser alguien.
El grito, enturbia con amor de madre, el nudo laberíntico de la entraña que se pide a sí misma. Destazándola, la envuelve de los ojos de las libélulas. Morir es indispensable para seguir el ritmo. 

Escucho mis rencores, con el oido debajo de la tierra.
Bebo por mis tímpanos, desiertos y noches.
Un toro ruge en mis sueños, cuernos pétreos de viento invicto.

Me incubo donde el silencio suelta sus balas en mi cabeza. 

Recuerdo, todos esos años de mi olvido, con una jeringa en el antebrazo, buscando a la luna, en los callejones sin salida.
Al quirófano del espanto. Entre dedos de águila, sortija de cuchillo, hambre a la enésima, del hueco inquisidor de mi nombre. 

Hay habitaciones, en un mapa evanescente. Me toman y me expulsan. Cuando quiero agarrarlas con el lápiz para que me den orgasmo, me rompen una costilla. Me llevan justo al lugar del que huía. Mientras los duendes se mean de risa contra mi cabellera.
Vencida en el fango que me embarazó, me levanto, como cristal líquido e hija bastarda, vuelvo al monte, busco al lobo. El fracaso ha de ser dinamita, baile de monos. Nunca rosario ni credo. 
La pérdida es acumulativa de las creaciones.
No hay linealidad. No hay dos polos. No hay ningún sujeto que conjugue al verbo. Es el verbo el que nos conjura en el fuego implacable de la oscuridad.

Escondo, debajo de las piedras, mis horrores. Ellas me los sacan por las narices, me obligan a tropezarme hasta romperme el rostro. Ríen, bestias. Ríen, humor de enana blanca. 
Yo soy el chivo expiatorio, del aullido que generó el símbolo por el cuál me hice a imagen y semejanza de una chatarrería de arlequines y ratas.
Yo soy la que le dé caza. Lo agite al ojo del sol, empaque metales que valgan de lanza. O al menos, den pase por el Lete, sin agachar la cabeza.

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