HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

Me incubo en el enigma de la amanita devorada en la noche.
Destazada por la llave que en secreto la protege de mí misma.
Un dinosaurio vuela en el recuerdo que los huesos cocinan sobre la sangre de la tierra.
Tiene en sus garras cachos de mi carne. Y busco su corazón, como se busca a un hijo ahogado en el océano.
Lo que yo soy, sólo él lo sabe.
Sólo él puede devolvérmelo. 

Voy mientras camuflada en harapos y pobreza.
Con piernas peludas para que sólo se acerquen los gritos de los lobos.
Voy, demacrada por la blancura que chorreo tramposa sobra la trampa que desvela, lo cierto, cuando no hay modo de coser los opuestos. Porque sólo el fuego une, lo que separó la ley de la gravedad.

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