HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

Me lavo de la piel, las costras del frío, de la incaricia endémica a la que llegué, crujiendo el esqueleto, cuando el vientre era madera y salvia. Brotes de fuego... entre esos metales del callejón que no tuvieron salida, si había que juntar en la mano otra mano.
Me abrazo de tierra. Me beso con el sonido de las hojas que el viento arremolina mucho más allá de los pronombres.
Ya no pesa la soledad porque siempre fueron hermosas las montañas. Y la luna tan alta vizcaba sus ojos cuando los búhos cantaban al oido, leyendas de dinosaurio.
Me juntan los pájaros, cuando me desjunto de suelo seco. Me toma entre sus dedos el silencio húmedo de la noche. Al ronroneo me canta violines, viejos cuentos de héroes sin cabeza, y aunque los zapatos estén llenos de agujeros y la palabra ronca en mi garganta ya no te nombre, nos nombra lo que no fue nuestro, nos protegen los lobos que se protegen en la intemperie aullido de estrellas.
Las cicatrices se caen en el amor del fuego.

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