HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

Mi casa es un árbol, la lluvia, los desheredados huesos del zorro en la tierra quemada, reconociendo a la mariposa de fuego entre los muertos.
Habité su humo. Habité entre sus costillas, como una navaja y un pez.
El resto de las moradas, fueron leña a la hoguera, ceniza a mi niña-esqueleto, cicatriz de la ausente cosida a balazos en la tierra.
Motín de arañas cosiéndome los ojos.
Soy todavía la extranjera.
Huésped de la nave que arde.
Esperando la semilla de la muerte y yendo en su búsqueda. Porque detrás, el pájaro canta. 
Porque los huecos golpeados en mi inexistencia, fueron madre, cantándome en el secreto del espanto, la nana de bosque.
Entre la grieta, afilo el oido, de mi tierra estéril.
Guardo en barbecho el amor.
Desafío del esqueleto bajo la humedad de las flores.
Precipicio alzado con lágrimas de gasolina.

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