HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

Nací cuando tenía 18.
Los otros años, sólo eran, para tragar cuchillos y destruir lo falso. Conocer el vals de la muerte e ir tragando y muriendo a golpes y vomitonas, escapar como los lagartos y las ratas, cargar lombrices, puños y azadas. Meterlas adentro, junto al hambre del sol y del agua, junto al animal destazado, y con su carne podrida, tragar el vuelo de los brujos, cagar el mundo y echarlo al fuego.
Nací sabiendo demasiado, en esa grieta. Donde no existía el tiempo ni la palabra. Y el saber llegaba con la condición de inmolarnos, rompernos la espalda, cortar los brazos y las piernas. Bajar cien años al infierno. Y demostrar el latido del lobo, cuando los sonidos eran los rompecabezas y los pasos taladradoras. La luz una piedra escondida detrás de la última puerta del corazón de las bestias.
Me hice la intrusa, la actriz, la asesina. Me hice la caricatura horrible del espejo. La de la peste, la del payaso suicida.  Me exilié por honra. Por ego. Por deseos de apocalipsis. Porque estaba muerta del mundo, de la voz, de la cagada y del blues de sangre.
Lo que supe, sólo lo conservó mi poema. Nadie entró conmigo. Nadie salió conmigo. Ningún amor podía quemar el telón. Porque las hueseras, sólo van solas, con la nada para echar carne en el agujero. Y todos los que se acercan han de ser devorados por la misma fuente.

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