HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

Nací parida de un error metafísico.
Mi corazón se exilió cuando junté paladas de tierra y cubos de río, en el hambre de aquél perro negro torturado por el civismo.
En una sociedad capitalista, la conciencia obliga, al exilio o las armas. Al suicidio o a la explosión.
Ambas cosas van de la mano, en el fuego de los brujos, lobas agazapadas en la montaña que arde, afilando sus colmillos con  las lágrimas de los árboles.
Fui todas las rarezas de la fealdad exibicionista cuando el yo era un cuchillo y un espejo, rodeándome. Un espejo negro que tragaba en una digestión macabra el quebranto del viento perdido.
El amor siempre fue de otro planeta en mi casa de las arañas. Lo supe de niña cuando soñé con ciervos de nieve bebiendo sangre y cagando halcones.
Me arremangué la queja, en una espada.
Aunque también me hundí en ese lugar donde lo único honesto parece el suicidio.
Aquellos años tan abajo del abajo, dejaron una sombra de un tango endémico de valles desolados y calaveras que aullan. Ellas fueron mi mamá, acunándome, cuando el mundo ardía. Ellas fueron la voz que envió la Nada, tirando los alfiles, para alcanzar el océano en los frutos del hambre.

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