HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

Necesito trabajar lo que me rodea, con amor de teatro, con un colibrí en mi boca y no esa voz de ceniza invicta que ha  herido la aprensión a una víscera que serpentea electricidad kamikaze cuando me quedo sola conmigo, donde ser una, es un asesinato. 
Cuidar los árboles. Porque sólo al hacerlo cuidaré de mí. Cuidar los animales, el azul y el verde, el color del fuego, la negrura de los pinos, la huella evanescente de barro invicto. Porque sino mi alma se oxidará.  Bailar el vals.... entre sus brazos invisibles. Aunque el suelo salga volando por los aires.
Echarme la angustia, panza arriba con los jabalíes. Desprenderme del fals aprendizaje de un mundo atado entre el dinero y las tumbas. Desatarme todo lo que vi cuando ella no estaba, en  su busca. La muerte ya me tiene ganada en su explosión de estrella. Ya no es tiempo de caminar espantándola, ni espantándome de su amor. Ella mira de reojo, en su entrecejo, vive mi tejón, mi oso, el perro solar, la serpiente que vuela, el árbol de los desaparecidos. 
Seguramente todo sea una broma, una llave mágica hacia águilas que gimen guitarras de rayo y tierra alterada por las precipaciones de inmemoria anillada al fuego que siembra vida cuando se consume.
Pero para bailar, he de tomarme en serio, el jadeo de la guadaña que destaza mi corazón. 
De correr peligros tomé veneno que me alejó de la lengua de la mar. 
Golpean los puntos cardinales, a mi criatura de sal y paja. Ella se arrebata de desquiciado cielo. Cava con sus ojos, fangos que alumbran pupilas de peyote.  No me puedo cansar. No puedo derrochar la palabra en más festines de carnicería y asedio.  Aquella que podía, murió en mayo.
Otra cosa es la maraca de luna cuando el lago grita. 
Busco el corazón de los perros, en mis cementerios. Revivir la selva que amamanta los cuchillos de sus hijos, los vientres-madre que han sido intoxicados por los imperialistas.
Busco el tren con alas, robando del cabaret mis vestidos rasguñados, volviendo la sangre  derramadaa a mis venas. Sacándome a patadas del crematorio al que entré desesperada, cuando el hierro fundido, metía en mis ojos, toneladas de desierto sin agua.

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