HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

No temo tu muerte ya. No temo la mía.
Ella está donde mi corazón late.
Es parte del sístole y el diástole.
Ha corrido siempre a mi lado.
La muerte engendra. Es un motor que aviva pinceles y canciones. Ella nos enseñó a hablar.
Nunca hubo antagonias. Jamás dos polos opuestos. Lo binario pertenece a los de la cabeza cuadrada, mercenarios del dólar. Una tercera fuerza incomprensible, acuna en su regazo el resplandor. 
La razón anda coja. El pensamiento no alcanza. Las palabras son piedras removiendo piedras.
El conocimiento necesita empujarnos a la Nada, perder todos los huesos en el vuelo de lo Imposible, para siquiera palpar el canto del sol. 
La tarea es recordarlo. Y en mi caso, no volverme loca. Ya lo hice, y me enterré junto a Drácula en el olor a cianuro de los manicomios. Fui estatua de estiércol en la plaza pública atrayendo moscas. Fui todo el odio de mi loba cautiva.  Fui payasa, crucifijo de pólvora. Fui mi tripa derramada en tu tumba. La bala perdida de los muertos. 
Al conocimiento se va como a la guerra. Y se lleva una pala engarbada en la espalda por si hay que cavar la propia fosa sin que manos intrusas nos toquen. 
El conocimiento, no es de universidad, no es de escritorio a salvo. No es de meter monedas por el recto del conford. Una vez que se ve a los ojos de fuego de la bestia del inframundo, no hay un paso atrás.

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