HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

No voy a hacerme preguntas.
No voy a serme juez ni agenda de notas.
Si esas neuronas dieron vueltas de campana, al beso de hachís, que corra su aire, que vuelen los pájaros y ladren los perros y el sol inmenso gire sobre mi cabeza. El río extiende sus uñas entre grutas y montañas. El sueño sigue soñando. No se puede controlar el latido de lo desconocido. 
Si dejarse ir, desnudas, al baile del fuego, que todos sus segundos sean el gozo y que el amanecer no remueva resaca, sólo barcos de sal. El olor del amor en su deriva, en la piel, en los lobos del bosque.
Si pequé tu belleza en noches de piratas y muertos que tus brasas se aviven del viento. Los dos estábamos lejos de casa. Los dos en el bosque crujimos luna, donde daba igual qué nombre explotaban las estrellas. Ni oficio, ni mañana. Bailes animales, el seismo de la tierra húmeda, la desnudez al reflejo de los astros. La tinta derramada donde los aullidos toman corazón de amapola. No son míos ni tuyos. Nada saben de quiénes fuimos. Sólo acordeón. Tu verso bajando por mi espalda. Baile de caderas a la saliva del peyote. Nunca se va lo bailado. Y el puritanismo nunca supo escribir sin faltas.

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