HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

Nunca se necesitó, ni maestro, ni escuela.
El misterio estaba enterrado en nuestro corazón.
La religión, el sometimiento a los libros y doctrinas de los otros, sólo procuró que se volviera inaccesible la libertad, el beso de lo desconocido que galopaba en nuestras venas. El corazón del animal, flor salvaje del fuego, ya nacida, en nuestro útero. Ella fue la única madre.
El lobo que canta junto a las ovejas negras y usa al pastor como alimento y leña a la hoguera.

Urgente analfabetismo contra el redil de la domesticación.

Ya lo sabía a grito liberado, el canto del vagabundo ajado de la nada.
Esas tribus que no conocieron la electricidad, en sus ojos infinitamente negros, llevaban al Sol, armado en el hueso, guitarra contra el hambre que impusieron los verdugos proxenetas de la propiedad privada.

Ningún verso, tiene nombre y apellidos.
Ninguna obra, ni casa, ni huerto, ni territorio.

Es la Nada, lo único que rige la equidad. 
El corazón salvaje, mantra de jauría y selva. Pólvora cósmica al fractal eterno del útero de la enana blanca amamantando los hijos clandestinos de la noche que volverá volcánica para devolverle todo a los árboles, a la mar, a los pumas.

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