HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

Olía muy mal, ante el olfato de la muchedumbre.
Era la cruz de drácula en la cama de mis amantes.
Algo irradiaba de mi sombra, como vino ensilado donde la luna, era una patada de cielo de plomo venido abajo, como vieja sombría y engarrapata, vizcándome en el ojo, la certeza, de ser un animal.
Yo andaba como hansel y gretel, echando pan blanco, por mi herida abierta. Para que me amaran.
Pero olía muy mal.
Porque había nacido, junto a lobos y muertos. Ellos tatuaron a fuego, el perfume solitario de la huesera que hiló entre mis piernas el aullido. El no te acerques mucho. Si me abres en el pecho y en la vagina el amor, volverá hambrienta la bruja, nos usaará, como uvas pisoteadas y de la sangre el alcohol brotará hacia el infinito. Heridos de muerte. Tendremos que cavar la fosa.

Era yo la eterna desconfianza de una antagonia en la chatarrería, vendiendo en el rastro, lámparas de Ali Babá.
Era la actriz, de mi inmemoria en armas.
Candil de la descomposición de mi forma humana. Robando en la plaza whisky y amores baratos para atar en las uñas, tierra de segunda mano con la que nutrir de nuevo a las águilas del inframundo.
Era yo la expía de la podredumbre. Siempre tan retocada del sótano de los tejones. Tan echada a menos, cuando el alimento era la materia negativa de la tumba.
Tan payasa y suicida. Tan empiojada. Tan perversa de la inocencia violada. Tan tonta de los miles de tontos que se cruzaban entre la nada y la hoguera, y echaban metal, al útero de arena que en su apertura escondía mil bisontes con cuerpos de etanol.

Ahora sé que mi pestilencia ha sido una madre. Que me baña de rosas cuando la mar camina.

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