HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

Reservé en el amor abstracto de un hombre muerto, mi senda de montaña, para abrazar el lobo.
Ella, no permitió tal cobardía. La piedra de abajo, levantó escaleras a la muerte, no las tomé con honor, sino ensangrentada, pero inevitable, con la espada vegetal del fuego.
No se va de la mano de un vivo. No se llega con los hombros apoyados. Ni con el corazón rendido a un símbolo.
El hombre era el símbolo, fueron tres o cuatro. Siempre demasiados, cuando no grita el número cero.
El útero es de la noche, de la tierra y de la mar. Es Ella, cabalgando en inframundo, en la grieta, en el rubor del sol, un jeroglífico, donde todo es y no es lo que parece.

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