HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

Ser viento. Que todo me resbale, que vuelva a su casa, cuando cruza, entre actores que no recuerdan el fuego del Teatro. Que no los culpe, que no lo haga conmigo. Que gire el sol. Que retorne de mares y águilas. Ser sencilla, tierra mojada, palabra sin letra, valle, piedra chica, barro y mora en la boca.
Que no intervenga con mi ansiedad, en el circuito cerrado de los que siguen el guión y envían sus muertos por el laberinto del éter. Que sólo mire como miran las estrellas. Que no se imponga mi emoción, ni tormento ni grito, jamás necesidad centralista de estructuras binarias, avaras del deseo, de la herida o del ego y sus síndromes de yonqui tambor.... Que no me enjaule ninguna.  Incubarme en los árboles. Aprender a descifrar el idioma del viento y las hierbas, antes de albergar un verbo hacia afuera.
Que no juzgue en ninguna noción. Que sea el fuego el que diga. Que sea tempestad de cipreses en la nieve, y nunca yo. 
Que no haya luna que aleje de la urgente rebeldía de lxs desheredados. 

Ya no quiero cargar mi viejo disfraz de víscera derramada.
Aquellas percepciones eran duales. Eran chivos expiatorios del teatro que seguía.

El camino sólo es hacia la absoluta libertad.
Yo en parte soy mi carcelera. Ella y sus verjas no desaparecen, sino me trago en sus ojos, la fuerza de otra pupila que sume montañas y hogueras.
Yo fui también mi propia tumba. Por eso soy yo hacia el viento que desprenda, el pozo del yo, en la danza de las aves.

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