HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

Sólo estuvo el poema.
Pero no lo hizo por lo que él sabía. Sino por lo que me había matado, en el olvido inquisidor, del viaje al éter, cuando desperté, con niebla en una jeringuilla. Babeando sangre en la cama de un manicomio. Confundiendo sus paredes, con mi cuchillo viudo.
Tragando su ceguera donde mis heces alimentaban a las moscas.
Chupando por mi ombligo, el espanto de llevarme cadáver, secreto devorado por los zopilotes, atravesando el abismo de lo roto en mi psique, sabiendo sólo con el hueso, con el sudor de sanatorio vuelto en llamas. Lo que la palabra había asesinado.

Fue el poema.
Porque yo era el cero, magnetizando, la nada y el cuento de la serpiente, dando vueltas a tu cuello, para beber las perlas de tus ojos, sin que nadie más tuviera que morir. 

No pedí el pago, sino a mi esqueleto.

Vomité mi dignidad en la plaza pública.
Era el espejo negro, de sus apestosas prisiones.
La ceguera en llamas, de sus ojos de mármol.
Era la venganza, de mi empiojada de vereda y hambre. 
Al vals, de los que se sacan los ojos, los usan como bala, y apuntan, lo que sea, que abra la celda de la bestia, y vuelva la madre a alimentar a sus hijas.

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