HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

Suma de disfraces, en la desnudez del fuego verde que los vegetales escriben en las rocas para que frotes entre tus piernas la llama del ave.
Cuando no volveré. 
De despedida, camino con cesta y navaja, a cavar las sombras, recojo huesos y sangre. Me miro en el ojo ausente de la tierra, bajo el reflejo pirómano de un destello que abre en la carne aullido primitivo, estrellas, caligrafía de agua.
Voy hacia el Imposible. El precio es un suicidio social que sólo saben en mi cuerpo los árboles. El viento que germina en la oscuridad.
Un retorno, con la nada dentro. De mi mano golondrina, tiñendo la ceniza de mi mano en tu mano. Agita alas, donde no he llegado. Empuja el barro entre mis uñas. 
Deja el equipaje en las ruinas.
Arremángate selva donde todo se pierde.
Muelles de tormenta entre los dedos. Ponen del revés de tu cama, me meten por el agujero del techo, me follan el espanto, donde el reloj escupe lava. 
Me sostengo con la pierna herida, en el centro del desmayo. Me hago un torniquete de nube. Me velo en el cadáver del lobo. Espero la hora del regreso, armas de crepúsculo. Alarido liberado, con espinas, garras y pelo.

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