HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

Tal vez fue el ayuno de tantos meses, buscando sólo el infinito, en los árboles, en el interior de un poema sin paredes, fue hallar el amor, donde sólo los bosques, los mares y animales, me miraban llegar, dar vueltas de campana de noche, irme y volver, al verso precipitado del misterio.
Tal vez me embriagué demasiado de soledad, de sus carruseles y sus naves, de su pólen alucinógeno de patines de nube, de alas de fuego, de camas vacías e incendiadas por el susurro de los faunos.
Y él abrió, una gruta, en mi exilio. Donde mis montañas rieron gotas de fuego. Despertó a un animal salvaje dormido en la rasura de mi amor de tormenta y rayo.
Y quise desmayar, el paso del todo, hacia su barro de hachís, hacia la oscuridad de hoguera de sus ojos de gas y misterio. Quise morir de placer. Romper una a una, las inquisiciones de mi loba esteparia, sus poemas del claustro de su cuchillo y su éter. Jugar al Teatro, recien nacida, llegada de remolino, de arrebato, de no preguntar a dónde vamos, ir, beber todas las estrellas, y luego empaparse de mar.
Sé que ella volverá. Sobretodo si él tarda demasiado en irse. Si le hablo de mí. Si me importa. Si peco de humanidad, en lugar de vuelos por los aires. 
Si le hablo de mí y no es juego y blues, ella, saldrá de mi disfraz con garras y ansia de cueva. Ella nunca perdona, una forma exacta, un rostro reconocido.
Si se interponen sentimientos, ella vendrá para llevarme muy lejos.  Donde vuelva cometa blanca a lamer ranitas y lluvia. Ella nació en otro mundo. Donde el amor es de los astros, del interior de la ayahuaska, del espíritu que exalta las manadas de los lobos en la periferia y entre las grietas de los mundos.

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