HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

Todo cambia. Voy de estrella a estrella. El río parece que toca violines de fuego. Me avisan extraños tambores de que es hora otra vez de cambiar el viento, de retomar las montañas de la soledad. Le he escrito una carta de despedida. Hoy se la leeré. Por última vez pulverizarme de su luna llena. Tanto placer no es de éste mundo. Él tiene un imán que me incendia todos los centros. Nunca sentí unas manos como sus manos, hilando lava, en mi teoría de las cuerdas, descordándome todos los acuerdos. Creo que si siguiera a su lado, los dos moriríamos. A doscientas estrellas más arriba de la locura, catedrales quemadas, bosques marcados bajo el amor a vida o muerte. Nunca sería suficiente. Beber su sangre me bebe mi sangre, donde ni mi sombra espera.... no hay suficientes montañas para vernos bajo la luna pacer esas hogueras.
Un temblor, multiplica los momentos, me llevó del todo aquél astro. Me entró tan adentro que hay que partir. Parecemos dos volcanes en celo. Sólo paramos para ver en ceniza a los olivos, comer un poco de tierra, retomar cada vez más violentos la urgencia del infinito. Parecemos dos adolescentes quemando todos los futuros, volando por los aires, cientos de paises, donde la hierba es tan verde que el siguiente paso está más allá del tiempo y de la vida. 
¿cómo explicarle porqué? si nuestro espíritu comparte un lobo entre las cimas
¿cómo evitarme a mí misma cuando me veo en sus ojos y él me llama? ¿cómo se evita él de mí? cuando esos aullidos no dejan cerrar los ojos y se levantan a viva voz de las grutas, astros enloquecidos de tambores.

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