HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

Todo ha sido salvaje y loco, una ebriedad de montaña encendida, de suelos resquebrajados al beso del pájaro y su volcán. Hoy me despierto de nuevo en la pregunta. Me detengo, tanta vehemencia me ha incendiado los papeles. Estoy inquieta del lenguaje de los árboles.
De haberme asaltado al lugar contrario al que iba, de un modo tan salvaje que se abrieron las piernas de la tierra, en el corazón del bosque, desbocándome. Dije alguna vez que nunca más. Y el viento me engañó, me tentaron extrañas flores camufladas de éxtasis y luna. Quise probarlo hasta la locura. Cavar las puertas del cielo, en esa mundana hoguera de paganos y brujos jugadores de naipe y blues. 
Tal vez porque él llegó a mi montaña, como un animal más. Se mezcló con el murmuro de las rocas, con el graznido de los cuervos, con un lobo en su mirada. Y nos adentramos más y más en el bosque. Y no sé qué tiene su fuego que jadea todos los árboles como hijos prófugos hacia la hoguera cósmica.  Los rasga en el centro de mi cuerpo y me echo a volar y ya no pregunto, el cuerpo escribe versos y eclipses. El cuerpo quiere romper todos los límites de la palabra y el tiempo. Y él es constelación, instrumento perfecto del no hacer pie, ni tocar orilla. De regresar a no sé qué orígenes, como adán y eva, sin dios al que rezar, sin nada qué pedir, tomar todos los frutos, asaltar todos los barcos y pulverizarse como jaurías del silencio incendiado del hueso.

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