HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

Viajo, a la casa de la rata, ese símbolo que apareció debajo del lodo, donde duermo acuchillada en un glaciar de polvo y reverberaciones de coágulos de viento matando a las golondrinas entre mis llagas.
Allá abajo descubrí cosas horribles. Algo, de lo que traté siempre de escapar. Amarrada a un hilo de plata y de beleño, la verdad inalterable extranguló mi resistencia a mirarla.
Descubrir la propia naturaleza, es como romperse la cabeza en un lago de cristal líquido y fuego, ahogarse y allá donde el hueso se quema de clavo que arde la nada o te devuelve a casa o de devora.
Durante años, cavé para alejar el cadáver, cavé en poemas y bares, cavé con vino y cuerdas peligrosas de payasa y suicida adicta a lo inflamable. 
Por eso me voy al monte, trago tierra, me baño con las sombras etéreas de los pinos, y pongo un huevo, dónde sólo me oye la luna. 
La muerte siempre vino a cazarme por ello. Ella nunca olvidó y se usó de mi atragantamiento para abrir el teatro macabro de mi espejo fundido..... aquella ahorcada entre gangrenas de agujeros de gusano y tempestades. Hoy, por la honestidad del fracaso y por su fuego, porque no hay otro caamino, me desabrocho todos los huesos, desde la matriz del animal, para darme lo que la muerte me dará y ganarla un paso. Aunque ella camina más rápido y del revés.

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