HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

Ya no hay nada qué temer.
Ese salto al vacío viene desde el hueso, incursión en la explosión cósmica.
El pedazo huérfano vuelve a la madre, a través de la salvaje destrucción, de ese pincel que traza entre tus dedos sueños del venado.
Me cubre la saliva de la montaña, el frio de mi boca, la sequedad del cuerpo sembrado en el vacío, piar de grietas que echan lumbre donde dejaste caer los brazos en el olvido, toda llena de lo ausente, fósiles del carbonífero rodearon en tus ojos, un espejo hecho mil pedazos por un arrebato más violento. 

Borrar mis 31 años, en la hervidera oceánica. Fueron sólo un mito tomado en lo personal del whisky y de la sangre.
Mi ineptitud para mandar a la rechingada todo, al cuerno de llamas de mamut. 

De abalorios de heroina, rodando calle abajo, hacia el amor de la cucaracha, cuando todas las casas cocían mierda y las ventanas llenas de cadáveres ponían tristes a los jabalíes. 
De fingirme madera líquida, en tu pecho opaco, en tu morada volcánica de espectros, también quemé naves para no fadar sino debajo del océano el baile noctámbulo de sirenas en armas.

Acá no dejaremos nada.
Ni hueso ni ceniza que haga raíz.
Tus hijos serán olvidados igual que tu tumba.
Nadie recuerda la selva en el corazón del neandertal.

Somos polvo ajado al resplandor de la muerte.

Sólo ir antes de que ella venga a levantar sus faldas, conocer su jeroglífico y echarse un vals incendiario.

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