HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

Empujar el abordaje.
Quemar todas las cuerdas.
Soltar todos los tornillos.
Y ver a la bestia, renacida de lienzo quemado al beso de los suelos de alcohol.
Sus ojos no son de éste mundo.
Su corazón estuvo en la muerte y en la vida, en las estrellas y en los pozos.
Ella le dio el nombre a tu olvido y a tus sueños.

No me preguntes.
Tendría que echar un aullido de ataudes flotando en la mar. 

Nunca arrepentirse.
Nunca escribir la teoría, ni buscar la leyenda, ni perdón, ni  motivo que nos convenzca.
No hay obra.
Sólo puñados de barcos de tinta de rayos.
Sólo rompecabezas contra el agua, al vino tinto, al amor y a la guerra.


Veo tu cuerpo desnudo, con ese cigarrillo de pólen. Mirándome como la noche cerrada. Clavándome la pupila donde pierdo todo el agua en la llama. Donde gano tiritones de rayo y me da la prisa del amor del saltamontes y la serpiente, de la pitonisa de los agujeros, del deseo a la enésima del deseo, saboteado donde las palabras dicen, vuelto al aire, donde los cuerpos aman.
Te recorro con la mirada y el hachís me da cien vueltas de campana donde mis ojos en tus ojos, revientan de luna llena.
Tanto amor sin saber lo qué es el amor. Revive secretos del inframundo, donde todas las flores hacen volar y todos los bichos, son románticos derribos del alzar de lo eterno.

Recorro tu piel, con mi aire desbordado. Te lamo hasta mi muerte, la tuya, donde la saliva es vapor de volcán.
Te araño, donde presta las zarpas, una jauría que vuela por los aires.
Me aviantas de tu equilibrio la locura de mi desiquilibrio. Me posees sin ti y sin mí. Donde todo es del sol y de la luna.
Me estremeces las pestañas de jadeos de peces que reproducen vino tinto.
Me dislocas todos los versos.
Me enloqueces de mi locura los dedos de la Osa Mayor.
Me desfalleces en tu fuego mis pasos por la tierra.
Caemos inconscientes, atrapados por la nube. Inhalamos todavía el precipicio y el paraiso. 
Y soñamos con su droga un asalto en otro planeta. Desfallecidos de la estrella, del todo muertos.
Pero empiezan otra vez los dedos a agitarse, los latidos a enllamarse, los cuerpos a buscarse, donde sólo de éter nos unimos, festivales del salto mortal, donde se muere la materia.
Y vamos mucho más lejos.
Y nuestra humedad pone verde todo el monte. Riega todos los árboles. Y sus frutos agradecidos nos revientan otra vez el corazón de amor y de infinito.

No hay comentarios:

Publicar un comentario