HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

He estado volando por los aires... estás últimas lunas. 
Me conozco. Y sé que también, me necesito preñada de árboles. 
Que no me dé ese impulso lunático y me use adentro mío, caza de brujas, teatro y laberinto. Que no vaya de un lado a otro, como una hoguera nuclear. 
Necesito contenerme, no por represión, sino por cuántica, por exceso de helio, por presente, por mares, mareas, vino viejo que aguarda sin contar el tiempo. 
Mis viejas sombras de lo extremo, han de volver al útero de la mar. Tocar despacio la guitarra. Darse al punk, sólo cuando esa llama en la redención del son, me recorra, asesinato de la civilización. 
No puedo meterme todos esos gramos de locura a vida o muerte. Cuando me dé la chispa. 
Eso era lo que me tenía vuelta marihuana sobre las nubes.
Ya de yonquis recorrimos todas las persianas del infierno.
Hoy me contengo también a solas, sexo con las montañas, sólo de aire, poema y distancia. 
Hoy me dejo fluir, sin obligar al fuego, a hacerme ejército, en todas las direcciones.
Hay que desbocarse cuando las orillas reclamen su mar adentro.
Pero no darle mi muerte. No todos los segundos. Sé que mi límite está 200 planetas de aquí, más allá del fin.. Por eso teñirse de tierra mojada, de hojas secas, de ciprés que duerme.
No subirme a 500 revoluciones cuando aún no ha sido asesinado el país.
No hacer del pan de cada día, el peyote. Ni de cada paso, un abismo y un paraiso. Es necesario, también el desierto, la ola, el pájaro, el agua, el día y la noche. Ya me fui volando alguna vez hasta el manicomio lleno de metralletas. Ya salté de mi silla, al infierno, y abofeteé mi casa con LSD, hasta echarme nido en la nada. Ya me dejé ir, como helio suicida de tanto amor cuando no había cuerpo ni historia.
No puedo fiarme aún de mi animal. Había estado mucho tiempo, cavando en la tierra, el cadáver del tiempo y del sol. Y ahora quiere salir como bomba nuclear. Mi animal, está entre demasiados lados. No puedo darle sólo carne cruda. Él necesita huellas de olivo en la piel. Él necesita también un poco del blanco de la nube. No sólo sangre. 

Que no tengamos prisa por morir de eternidad.
Que no quieras todo el whisky de la tierra la misma noche.
Que no quieras todos los huesos del fondo.

Que sigamos las señales del viento. Recorrer miles de kilómetros, pero no sólo encima de la bala.  Que también hay pala, barco, guadañas y flores.

Que no le des todo, al desfallecimiento.
Que no se puede vivir de puro orgasmo las 24 horas.
Que no hay cuerpo qué aguante tanto fuego, sino es de la mano de la muerte el vals del rizoma, armonía de arlequines, ladrones y mujeres-esqueleto. 
Que la heroina necesita aprender de la guerrilla. Subir al monte, cargar el fusil y cantar a Zapata.
Que esa heroina a vena abierta ya nos mató demasiadas veces.

Que volar, hasta las estrellas. Pero vamos tan lejos, que hay que saborear aún mil cuchillos y flores, llorar en tumbas, sangrar entre espadas y faunos, rodear de brazos el amor del oso, de la noche. Amar, miles de ojos y callejones. Equivocar el camino mil veces más, caer, y levantarse. Acumular moratones y orgasmos. Vacaciones de mendigos que nunca tendrán oficio ni horario, ni reloj. Correr detrás de la policía. Echar desde el grito cóctel molotov y abrazarse a las campesinas madres como ardillas y como tractores.  Ir detrás del rayo y meter el fuego al ayuntamiento. Enverdecerse del humo del horizonte que muta. Jadear la felicidad como animales, de flor en flor, de montaña a tejado, de valle a inframundo, de tu mano, a la soledad, de traficantes a estaciones y blues, y nunca era el viejo Paris, ni tus ojos en el suicidio de Pavese.

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