HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

Me despierto demasiado pronto. Tenía sueños medio rotos. Ansia de algo abstracto. Prisa insomne debajo de la tierra.
Soy cambiante como cambian las presiones atmósfericas en el verso sangriento de un olvido.
Ayer fue una tarde de locos. Éramos demasiados. En tierra lejana.
Durante un instante pensé que eras un completo gilipollas. Lo malo de mis pensamientos, es que una vez que son formulados, crecen hasta la luna. Los del amor y los del hacha, los de la nostalgia y los del peyote. Nunca asoman sólo la nariz, acaban metiendo el cuerpo entero.  Pero de momento es tiempo de pájaros. Y tampoco me importa sino el rocío cuajado en esa ginebra, la bala y el adiós vino con el primer beso. Todas mis historias, tienen ya un final, explotado de luna llena. 
Tal vez tu zona macarra, detrás de la pupila, embriagó el fuego cuando íbamos a volar para pulverizar las orillas, al amor del crepúsculo. Pero me hiciste sacar la mía, cuando me levantaste la voz. Y yo soy también bicho de la montaña, y sólo me ladran los perros. Enseguida me pongo a maquinar, porque escuché la noche también en los calabozos. 
Algo te pasaba. Algo tal vez que te trajo tu familia. O quién sabe. Algo que no pregunté. Tal vez una vieja espina que nació hace muchos años y ayer cuando yo no estaba se te abrió ensangrentada. Y andabas a la guerra, como lobo encerrado. Tal vez, el otro lado del hachís. Y tan jodidos esos años sin monedas ni esperanza. Tantas cicatrices. Tan de tijeras a la cuerda floja que envenenó el sistema capitalista.
Me excitó esa pelea que le sacaste a ese tipo violento y tatuado. Teníamos nosotros la razón. Me gustó tu pararlo a golpe de hacha...e ir yo a meter leña al fuego y brincar como los ciervos en la maleza.
Luego mi isla...con la soledad y el río y Kavka y yo, nadando, a la vera, echándonos una carrera, de arriba para abajo. Soy tan feliz en el agua con el perro, nadar pegada a él, los dos como delfines, , dar vueltas como liebres ebrios de agua, empujarnos, abrazarlo con todo el río y no hundirnos jamás, amarrarme a él y dejarlo que me lleve. Lo agarro atrás y los dos flotamos, él se hace guía y yo pataleo con las piernas, de acá para allá, perdiendo la noción de la humanidad y del tiempo. Y cuando el perro se cansa, me muerde el pelo y me saca a la orilla.
Luego el revolotear, de pájaros.
El cansancio del delirio de la belleza de esas montañas y pozas del río. El agitar de árboles y hierba.
Pero algo cambió de mi piel en tu piel, del latido en el latido. Algo que trajo, a mi cuervo migratorio. Al jugar de los barcos que pronto dirán la mar y se irán con ella.

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