HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

Subo y bajo.
Entro con las llaves incendiadas en las naves que quemo de crepúsculo y bosque.
Porque son 7 espinas y 7 agujeros besados, de cada pupila.
Porque son varias dimensiones, las que separa el verbo al decirse, para juntar mucho más allá, lo desconocido.
Voy de un lado al otro. Agarrando la conciencia en medio del abismo, en la hoguera con mi latido pulverizado más allá de lo que puedo tocar. Perdiéndola a salto mortal, cogiéndola de fuego contra la pared, y hacia la lejanía, sombra descabechada entre las piernas de dios.
Voy con medio esqueleto tocando esos tambores. 
Con el amor y la guerra, el naufragio y la escalada de los ocho mil, en esas manos de la siembra del vuelo oblicuo en noches tejadas de esa miel de puro alcohol que cerró calendarios dónde se abría la risa del tiempo sin tictac ni territorio, ni tú ni yo, ni de nadie jamás. 

Tal vez, fui a bala de penal, a caer al templo del paraiso de tu inframundo. Y apreté el gatillo con mi vagina y te di la respiración que nos robé del otro lado de la calle. Y volamos sin sujección. 

Debí alguna vez estar demasiado loca para hablar lo que me hablaba con caballos de fuego entre las sienes.
Y tuve que ir a menguar cipreses en la cicatriz de mis muñecas.
Perseguir tanto el ataúd, para decir una onomatopeya comprensible para los perros hambrientos de la noche y del día. 

Algo ha debido de quedarme de esos vuelos de peyote sin salvavidas.
Que a veces hablo con los muertos.
Que a veces me pego de fuego y de ebriedad todos mis agujeros. Y busco donde no he nacido, un nombre con el que llamar a la tierra para ver si regreso de una vez.

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