HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

Todo vuelve a ser impredecible. 
Desabroche de calles en el huerto de la inmensidad. Con el río todo nocturno bajándote la luna donde en tus ojos el aire aulla.
Contener el deseo de arder, para darle al fuego lo que vale. Para que el viento me proteja la nieve y la hoguera. Para que todo fluya hacia la inmensidad, no inhalando la memoria de la sal.
Al final, volvimos a hablarnos. Que no, no estoy allí, regreso tal vez ya muy tarde. -Que la noche no tiene prisa. Que si a dar un paseo a los perros por el río. Que si llego cansada mejor mañana.. Que sí, esos puntos suspensivos, encima del bosque.
Gatos escondidos ocultando los conductos.
Me di cuenta del detrás de ciertas palabras de vino tinto. Me detuve, silbé rosa de jericó, fingida indiferencia, vals de desierto y qué que no sabremos. 
Que éste juego de títeres de luna llena y que mejor no preguntar, no darlo todo nunca, no quitarlo. Dejar quizás sólo de la mar embravecida. Esperar las ganas de los árboles y desiertos. La huesera escribe lunas en los pozos.
Arquear la cadera.
Acechar de loba. Entre la vida y la muerte. Entre el éxtasis y mi escritorio de papeles quemados. De un lado a otro. Medio cuerpo en cada mundo. Y de vez en cuando todas las hogueras. Pero entrar y salir. Ser aire. Ser invisible cuando la pupila dilatada pida lo que no es mío.

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