HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

Vuelvo a recuperar un poco de estabilidad. Esa sensación de haber dormido de nuevo en mis sueños. De no estar del todo poseida. De sentir el amor. Aunque ya no sea, de girar el pomo de la puerta, ni de acercarte el vapor del café donde se llena de humedad tu insomnio y se muere de rosas. Ni humano porque demasiado humano, porque demasiadas estrellas ahí arriba. 
Se incendió mi escritorio al canto de las águilas. Me removí de la hora imposible el desacorde de la luna. Se me hizo el paraiso, una alucinación de yonquis y de lobos, buceando de los ríos, la sacritud que el infierno se guardó sólo para valientes, locos y desdichados. 
He de estar sola, 300 galaxias, el corazón de los pájaros. No preguntarme demasiado. Las palabras ya no saben, ni tienen la respuesta. 
Seguir el viento, pero con los oídos en su lengua. Con toda el alma. Y ya no de nenufares de sanatorio al opio de los que se revientan de tanto sí y tanta nada.
Volver a escuchar al suelo remover sus zarpas y su cabello, cuando vuelven los tordos.
Recordar la urgencia de la anarquía, del amor, del NO, del adiós y del retorno mucho más allá de lo que conserva la memoria. 
Llenar mi útero de mi soledad, de mi violencia y de mi amor. Volver su canto, otra vez sólo mío yo que soy nadie.

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