HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

Ya no voy a hacer radiografías a mi espanto.
No soy reacción de mis heridas. Ya no, porque le di toda la sangre a la mar. Transferí mi sed y mi grito, donde yo había muerto. 
Da igual mi historial de urgencias, del calabozo, del manicomio, de los viajes de seis meses de LSD y cocina de brujas reviviendo dinosaurios. Da igual para ahí afuera lo que yo hice con el verso y con la noche. Todo quedó atrás, follado en la sombra del animal de cuatro patas que me sigue. Él lleva el fuego, el hambre, la absolución.
No quiero un salmo de nadie en aquellas tumbas. Ni un beso. Ni un estaré contigo, yo te cuidaré.
Mudar la piel se hace junto a las serpientes emplumadas.  Sin pestañear, sin temblar tango, sin suspirar el reparo con las manos abiertas, es a puño cerrado golpeando las cárceles, es soledad de loba, es sólo la casa del poema, su laboratorio, su vendimia y alcohol.
Ha sido demasiado lejos, el paso, con mil distancias golpeadas en mi pecho, donde sólo Marte tenía oidos.
Yo no tuve ni 14 de febrero, ni un semejante, esos 1000 años del río del olvido.
Eso me posiciona, eco de rayo, en mi vuelta de campana.
Tengo un bicho dentro que nunca se corta las uñas, ni doma sus jadeos. Busca a Franquestein en mis sueños y se va a bailar con él y los muertos el infinito.
Por eso con los amantes, surrealismo, teatro, sólo presente, sólo pájaros sin compromiso, sin nido, sin volveré.

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