HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

En breve iré a la montaña. 
Con mi casa de ámbar sin paredes.
Con mi camino de regreso sin migas de pan.
Con mi amor en peligro de muerte. Eso no lo sé evitar. Siempre me señala el precipicio. Su caricia ensancha mi sueño y mi tierra, su aliento, hiere, el alcance del naufragio.
Te amo con una bala en la voz que te llama. En la piel que te acoge. En la fe que te sabe y que te desconoce.
No sé nada de la confianza de la monogamia, ni el matrimonio, ni la pareja estable, ni de la promesa del mañana, ni de la casa que estará al amanecer para ventilar sus rincones.
Nosotros nos amamos como animales que pelean, con un celo multitudinario, con una noche que es la última noche.
Nosotros nos estamos con una estación infiel que nos cuenta los secretos del mar.
Contigo es imposible la seguridad de tenernos. Somos el fuego. A veces nos llegamos al paraiso. A veces volvemos desmantelados a la guerra pendiente con la nada y con el sol. Abandonados el uno del otro, amoratanados, como traficantes, como cuchillos de arena en la red del tiempo evanescente.
Yo hago trampas a tus trampas, a los deslices de la duda y del volcán..., pero soy entrampada por las dos. Tú también padeces el vicio de tu jugador de naipes y el as de la manga nos sale por la transversal, planta mágica y golpe seco. 

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