HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

Hace frío. Luego tengo que recoger algo la casa, sobretodo la habitación en la que estuve con él. Pero ahora busco conectar con la escritura. He estado muy lejos de ella, sobre la isla de la felicidad. Todavía tengo ese olor del placer en los puntos suspensivos del tiempo frente al espacio que se desintegra.
Me entregué del todo al hedonismo. Y ahora mi casa es distinta. Las energías de mi cuerpo han cambiado. La repetición de los orgasmos abre extraños poemas en el eco de la sombra, en el nombre sobre el vocablo del viento, en la apertura de la noche bajo la ranura.
Y eso me hace una resaca en la relación con las metáforas.
Somos muy apasionados. Pero a la vez somos fríos de hachís. El sentimiento es un fuera de campo, una semilla y una botella de vodka, pero no es nombrado. En la entrega parece que estamos a punto de morir. Y luego el cotidiano se hace zumo de alcohol de manzana, rocío púrpura en el cabello del monte, camino de agua entre el vapor de los chopos bajándote la inmensidad. No somos proporcionados. No hay mesura, no hay fin. Las palabras nunca se hacen un inconveniente. 
Somos amantes, sin contratos, sin términos para lo que somos.
Yo disfruto del puerto, del ron, del amor de los marineros, del no llegaremos a casa, pero haremos una noche estrellada por techo cada vez. La vida que se celebra, el carpe diem porque lo otro es muy frágil y perecedero.

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