HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

Es darle todo a la música.
Soltar las riendas de todo cuánto reclame el verbo y el sentido metafísico de la angustia de esa sed que lo busca y que siempre nace de su ausencia.
El error es el vientre de lo vivo. Es error en la coraza que se rompe, en la certeza que se desintegra, pero es semilla del canto que lo sigue. Y siempre vuelve esa destrucción, porque la vida es inabarcable, porque ninguna noción humana tendrá ni testamento, ni país, ni palacio ni futuro. 

A éstas alturas del fuego ruinoso y erosionador de la supervivencia de los faunos. Defender el pellejo de alguna de las mías, es del todo estúpido. Es mejor darlas total libertad y absolución en su desastre y su derrota. Darme en ellas, manzana que pudre el cesto, violín que nace del escombro, beso de la nada bautizando nuevos gorriones del viento perpendicular de lo que no se sostiene.

Soy el espejismo de la piedra en mi mano cuando giran 360º las puertas reversibles de las dudas inquisidoras que en su lamento proyectan la materia. La carne golpea el cristal, el gemido es su intemperie. Mi saber empírico es un zapato agujereado dando un paseo a un cangrejo.

Yo soy del todo absurda para el yo que me estudia y me somete al anhelo de su armonía.
Soy de ojo del venado el estornudo de la nieve.
De la penumbra de mi soledad-soldado el calor de agosto llenando de anís el vaso de la tia Maruja.
De camino a ésta nada que me rodea y me sostiene, vi morir con resistencia, muchas mujeres que dentro de mi pecho, a fuego mortal de quimera querían que sus indefensiones fueran credo y que sus depravaciones de la egomanía fuera mi pan caliente. Las vi correr ensangrentadas con una biblia en la autopsia de su corazón-crucifijo. Ellas posesivas no quisieron delegar ni claudicar sus muertos. Pero la mariposa tenía más espadas y la muerte era más hermosa.
De mi amor entre semejantes, ella, la puta, tuvo la muerte más lenta y dolorosa. Porque jugaba sucio, con la trampa de una utopía. Y se agarró a sus hongos alucinógenos queriendo que pagara yo todas las cuentas del trago y del delirio, que sacara la basura, que enterrara los cadáveres, que llorara mil poemas, que dejara mi corazón cortado a la mitad entre sus excrementos y que nos perdonara, toda de planeta ahorcado, la pasión puesta. 
Pero también se murió. Y aunque es otra historia. Las perdices cantaron, nadie les cortó el cuello, nadie comió carne que no fuera la suya.

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