HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

A veces camino a la lejanía. Creo que tengo que preparar mi retorno. He estado en el proceso de la metamorfosis. En la obsesión del éter. En la reparación de ese subconsciente sanguíneo. De esa orquídea de la mutación. Me he metido mucho en el bosque. Me he alejado del amor común, de la lucha común, de la voz que no es de nadie, del corazón de la calle que pelea, de la obligatoriedad de la política como conciencia, de la resistencia, del mar.
Me he alejado a veces de todos. Creo que en alguna parte de mí, me volví egoista de la canción de etanol y del cubismo que todo lo cubre. No miré a la gente, de tú a tú, de mano abierta a mano abierta, de miseria a miseria. Los miré, como una transversal en un rayo, como un sanatorio con ruedas, como animales de otra especie.  Creo que es momento de que esto vuelva a cambiar. En mi hechura me suelen rodear los chopos y el monte. Las pasiones inefables que rozan el vacío.
Me he alejado de la lucha antipsiquiatría, de los poemas sociales. Algo en mi rabia se hizo rabia etérea, se hizo lejanía. Yo caminé también hacia el embrujo de la soledad. No quise saber nada de la humanidad durante un tiempo. Hoy me doy cuenta que eso es algo incongruente con lo que soy y lo que me ha dado el grito y la palabra. 
Acá a veces las horas me dan la espalda sobre el acantilado del coral. Como si me faltara un corazón, voy en los hombros del hombre de hojala esculpiendo puercoespín a la nada que nos besa.
Me he pasado con la vehemencia de los amantes, sin tierra ni futuro, sin porqué, sin mundo qué salvar. Me entregué al gozo de mi cuerpo, de mi fuera de campo, de mi animalidad sin eco ni letra de vuelta. Me entregué al verso incendiado de una grieta en el crepúsculo, no mirando a nadie, no recordando a nadie, como si me llevara oblicua tormenta del fuego de la fotosíntesis. Me dediqué a la metafísica, a la búsqueda de las razones de mi locura, a mi ojo en medio de la nada rodando esas canicas. Y hoy comprendo que el camino tiene que quedarse abajo, de barrio y agua, de hoguera y canto.
Sin darme cuenta, me he ido alejando de personas que amo, he dicho que no a varias fiestas y movidas, me he enclavado donde sólo los bosques me recuerdan. Donde a veces no devuelve el horizonte nada más que la rareza.  Y acá yo también soy mi pieza de caza. El motin del aislamiento. Mi laberinto de mezcal y madera. Mi silencio erosivo desarmándome el grito donde no hay nadie.
Lo que me rodea es la abrasión de un poema imposible. De un presentimiento de cuervos que me sueñan y en sus ojos yo me toco, me reconozco, y por sus ojos existo.
Todo esto me lleva de nuevo a la antagonia de Alicia. Tal vez porque es invierno. Tal vez porque ando de topos el vocablo de la luna. Porque he perdido mi sombra y la ando buscando entre agujeros de gusano que explotan esa estrella donde mi mesita es un venado. De nada vale la palabra en relación a la humanidad sino es para la rebeldía. Yo he estado muy lejos con mi palabra. He estado donde ella era un esqueleto que soñaba mi carne y yo no podía tocar nada. Creo que todavía ando en esos lares.

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