HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

Empieza a amanecer. Debo asumir de la soledad su navío, su alcantarilla, su tubérculo, su polilla, su casa sin paredes, porque es la mía. Porque su voz es la que me persigue, más allá de mi yo y de todos aquellos que amo y me desvelan, me hieren y me embriagan.
Desde hace mucho, cuando he amado, he sufrido una extraña despersonificación medio de gas y fuego. Porque tengo la Luna en Cáncer, porque me fumé todas aquellas flores en medio del vacío. Porque fui una perturbada del verso, cuando nunca hubo nadie tras la puerta. Por ese motivo, algo en mí cuando ama, destruye mi rostro de cartón, me entrega como un papel vacío a la abrasión de Marte. Hoy, que ya he llegado a muchas tumbas por mis pasiones. Comprendo que es ella la única que me mira a los ojos.
Anoche cuando paseaba con el perro me di cuenta de cierta queja que invoco contra la tierra cuando me siento abandonada. Es una queja manipuladora y literaria que me engaña mostrándose como una pelea. Pero en realidad es un lamento. Al saberlo, me entró un rayo por el costado. Y me juré no volver a hacerlo.  
Cuando bajo a esos mundos de tangos ebrios, otras criaturas de mi psique se ocupan de la mar en mis sanatorios y ambulancia de cristal. Ellas son unas insensatas. Perturbadas de un cuchillo de amor. Incongruentes con la loba y la noche. Caprichosas, rabiosas, inestables y viantadas por canciones de la miseria. Anoche comprendí que yo no puedo avanzar con la loba, mientras ellas la secuestren en esos arrebatos tabernarios de esperpento. Yo no puedo ser la jauría que necesito para hablar con el Sol, mientras ellas vendan los caballos de madera a cambio de mala ginebra en la apostasia de mi luna.

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