HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

Estuve en el río. Me di cuenta cuánto me costaba mirarlo, cuánto oirlo, cuánto estar tranquila. Me dolía la cabeza. Me di cuenta que hubo una explosión desde que apareció Yoseba en mi vida, que me separé sin querer de mi tambor piel-roja, de mi mística. Por muchos motivos. Pero por un segundo sentí que volvía hacia aquél horizonte anterior. No tenía casi silencio interno y luché por llegarlo, pero me sentía inconscientemente muy agitada, como si todo lo que viví en el embrujo dejara una tormenta, un flashback medio alucinatorio, un movimiento muy huracanado en mi susurro. Me di cuenta que llevo viviendo de ese modo seis meses, con excesos de alcohol y de todo tipo, con una vehemencia y un continuo verbo incendiado que no me deja escuchar el río. Y que debo volver a la paz de la naturaleza. Fui consciente que me costaba mucho simplemente estar y ser, mecerme en el silencio, en la hojarasca. Me sentía vigilada por mí misma. Y tuve una lucha por volver a casa. Recordé cuando me bañaba en ese río, cuando caminaba por él, cuando estaba sola de todos los mundos y a la vez muy dentro de la paz de los árboles. Esa revelación me agitó hacia cambiar radicalmente algunas cosas. Al llegar a casa, tuve la intención de comer en el patio, en el sol de enero, recordé cuando yo era vegana, cuando todo era una alquimia de los dedos del bosque. Pero luego al mirar la cocina quise cambiarla de forma y me olvidé de la comida, primero mi intención era tirar la TV a la basura, pero pesaba como el muerto que es, así que la metí en la despensa. Luego estuve fregando todos los armarios, quitando cosas que no se usan, que están allí desde hace una decena de años. Todo estaba sucio, arruinado. A mí ni siquiera antes me molestaba, ni siquiera lo veía. Hoy al verlo sentí la urgencia de cambiarlo todo.

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