HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

Hablé con él. Bromeamos. Nos tuvimos sin tenernos, burlando la calle que gira la esquina y sube por tu espalda el hurgar del vino. Tan extranjeros, tan de nadie, tan hambrientos, resistiendo en el parral el vaso que hierve la fiebre. Interpretando danza lenta, donde no tiene prisa el Sol, ni la muerte aún puede hacernos daño. Arrancando esos botones, rebobinando al fuego de ese mago, el camino que ríe enloquecido de los pasos que no lo tienen. 

No me arrepentiré de lo que no hicimos. Todo lo osamos. Tal vez vagabundos, sin casa dónde quedarnos.

Yo camino con mi discriminación pegada a Marte. Los insectos me renacen donde la tierra seca me hiere. Alumbran los charcos los juegos de madera.  No sé casi nada. Me pego a esa música, como la única certeza. Ardo a veces por dentro la soledad y su sudor pegado a tu cuerpo como mandrágora. Vi cosas muy extrañas cuando cayó la noche en el bosque y yo era una luciérnaga. Ellos dicen que es una enfermedad. Ellos no tuvieron tímpanos. Yo no sé dónde colocar lo que he amado. No sé poner límites a la realidad. Yo soy aire y mi cuerpo no me contiene, y mi memoria no me repite, no me hace. Yo no distingo los sueños de la carne. Yo no distingo las ventanas de los girasoles. Yo no distingo su muerte de la mía.

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