HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

Hoy voy a seguir trabajando en la casa. Debo reencontrarme con el tiempo lento, con los detalles, con los collage, con la entrega a la pintura. Sé que estoy inquieta. Por eso debo cruzar el río del olvido, el lenguaje de los chopos. Dedicarme también a la atmósfera. Aquí hay mucho qué hacer. Mis últimos meses me han ocurrido sobre el fuego, el exceso, la abrasión, necesito esa paz que me daban las manos de mi abuela, que me daban los brazos de la mar. Aunque también tengo que estar al acecho del camino. Pero debe haber una armonía. Debo olvidar de vez en cuando el rubor interno de los significados y abandonarme en los juegos del Silencio, de lo campesino, del quéhacer de la hierba y de la noche, sin sentirme siempre ese verbo clavo y martillo. Tengo una extraña relación de guerra con la vida y conmigo, algo vehemente, como si la muerte estuviera en todas las cosas, como si no pudiera sentarme bajo el árbol y mirar el árbol y ser árbol y olvidarme de la grieta enardecida. Esa sensación de que si me paro, si dejo de estar en alerta, me caerá el cielo encima. Esa sensación de que si cometo un error, si aflojo, me devorará el infierno. Eso me genera mucha inquietud. Aunque también me da adrenalina. Pero debe haber una fusión, un fractal cíclico del reposo de la ausencia, del reposo cuando yo me voy, cuando ya no me oigo, ni me persigo, ni me uso para interpretar lo que veo, debe haber un lugar, donde entre la mar y yo salga, para habitar la mar, sin la imposición de la conciencia de habitarla.

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