HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

La existencia, acá, se enjambra a veces de tu probabilidad incendiada donde no ha llegado mi voz y la ginebra y la guitarra queman de los cauces el crujido de los girasoles. Yo me hago vértebra de su insomnio.  No puedo dibujarte en el cubismo de la acuarela la zanja donde mi corazón salta al vacío. Porque tú remueves también de mi olvido el fuego del camino que cabalga sin riendas ni la palabra teje entre esos bares de viejos siglos amarrados al olivo, el encuentro que haga al fin de la miseria un abrigo cerca del lago. Ni mi piel en tu piel, borra del todo la frontera de un grito plural entre nuestros labios. Ese lapicero que cambia de manos, enclavado al sol, riega musgos donde la humedad verde sólo habla de la vida. Y sin embargo no somos definitivo trazo, ni guarida. Y lo que yo conozco cuando no hay nadie, no se traslada a tu mirada, ni en tu sexo hace tregua, sino arrebato que enreda más la vertical vehemencia de ésta deriva.
La sincronía entre nuestras noches, es también de mariposa negra, oblicua ventana sin paredes. Mi radical y desesperada empatía, se fuma ranas y sarcófagos en el dadá del vino, mezclándose en tu vida como un clavo de nube y de olvido.
El rubor de la soledad que dejo en tu cuerpo, vuelve con hambre y guerra a revolverte de los tilos y de mí, de ti en mí, de mí en tu piano, como lágrima de cera, como puñal de viento. Y la grieta crece y en su amor nuestras brasas ponen en peligro otra vez todos los horizontes. Me entrego a ti, con la fe suicida de los faunos, como si la madre muerte paciera en tus valles también la fotosíntesis de mi precipicio.

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