HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

La nieve está muy bonita. No hay mucha, unos cinco dedos, pero es lo suficiente para transformarlo todo. Busco las palabras. Debo volver al tono, estos días he estado mordisqueada también por la lejanía. Ese encuentro de soldadura entre mi soledad y el hálito, me embruja de vez en cuando de una quietud, me contengo en una especie de hueco, me espero dando vueltas de espiral en la amnesia de una metáfora. Debo transformar todo eso. Estar en movimiento. Hacer fruto de esa zona cansada de la soledad. Allí a veces los bodegones me embriagan y la sensación de que no existe la humanidad me provoca una eterna fuga del significado sobre la distancia. Tendré que hacer un viaje pronto, abandonar durante un tiempo la escritura y mi refugio para estar más dentro del movimiento. Para accionar el verbo que no actua de separador ni de regla, ni de pared ni de escalera, sino sólo el sanguíneo.
Soy consciente de que albergo rutinas. Las rutinas son muy peligrosas porque nos separan del infinito. Cuando me despierto, todos los días hago lo mismo, bajo rápido a por un café, cuando me siento en la mesa, lio un cigarrillo, y escribo mis sueños. Luego me quedo unas horas escribiendo. Salgo con el perro. Luego cocino y como. Escribo. Salgo con el perro. Mi soledad me embriaga de rutinas. Y eso es lo que he de transformar. En el verano yo no tenía rutinas. Yo me explotaba sobre lo mágico. Me pasaba horas en el monte, no sabía nunca hasta dónde ni cuándo. Iba a sitios que nunca había ido. Me metía por zarzales y escobares, en busca de otras sendas. Me metía río arriba, río abajo. Me tostaba de absenta con él sin horarios ni ley. En el verano, yo había dejado de darle tinta a aquella. Estaba en un proceso de acción. Acechaba en mí la sombra y le daba una vuelta de campana para que no ocurriera el mismo significado en el tacto del subyo. Ahora sin querer he ido otra vez mugriendo una atmósfera segura, siento que mi nervio vive sobre el fuego y algo en mí construyó una atmósfera que vuelve, para darme la sensación de seguridad. Pero no es seguridad, es todo lo contrario, en realidad es muerte. En el verano el proceso fue espontáneo y visceral. Ahora yo he de forzarlo. Porque me noto de ánimo invernal. Yo he de generar una fractura que me devuelva al presente mágico, y al presente nunca se llega, con una puerta marcada al doblar la esquina.He de adentrarme en el viaje. He de salir de mi madriguera. La escritura es mi más jodida madriguera.

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