HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

Necesito la paz interna. Aquél lugar donde estoy segura de las palabras que me rozan y de los horizontes que sacan sus patas de la tierra. Necesito estar en paz con la madre tierra. Con el baile. Con el amor. Algo en mi entraña, acecha una soldadura de un verso de las lejanías y me derrama, su violencia. Algo en mí no sabe estarse quieto. También sé que es necesario para sobreponer el fuego que agita en los juncos ese ojo de cristal que atraviesa a veces mi pasillo.

Debo llegar al acuerdo poético del mecanismo impar y oblicuo que aloja en mi pecho ese amor, ese abandono. Sólo el poema sabría calmar en mis sienes el alba. Los otros significados, llegan con prejuicios. 

Nunca supe hablar con lo concreto. No supe tenerme desnuda en otros brazos, sino había una atmósfera de opio y estaciones cabalgantes de un estornudo que la mar entregaba sólo a los parias.
No supe soportar los rostros en la máquina de escribir de las líneas. Nací maldita de la abrasión del suburbio, del escavar, de la luz clandestina de la sombra, de la metafísica, del abajo de la palabra, de mi inconsciente. Mi inconsciente esconde una araña azul. Ella juega a cazarme y yo a cazarla a ella. Nuestra depredación no tiene límites.

Alguna vez, se detuvo el mundo ahí afuera para mí. Fui expulsada de la humanidad, por el amor de la araña. Me adentré donde no estaba segura de que estuviera la vida, ni la esperanza. Todo estaba muy oscuro allí. Y sólo podía seguir hacia delante. Tal vez no había salida, decía la angustia, decía la belleza atronadora y cruel de las estrellas. Conocí entonces ciertos poemas que no me han abandonado. Ciertas despedidas a las que todavía le debo el vino y la luna.

La pelea de mi soledad y el regreso a la humanidad, no es nada fácil. Mi soledad tiene muchos motivos, levantó muchas fortalezas y me entregó a montes y mares. Aunque amo. Amo desgarradamente también a los humanos.

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