HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

No hay un centro. No hay una palabra sobre la que poner la almohada. Debemos ser honestos con los fuegos fatuos, con el caos, con la música, con lo extraordinario. La muerte vino en nuestra sangre.
No debo apoyar mi vida en él. No debo apoyar mis versos, ni mis precipicios, ni mi ausencia, ni mi grito. Él sólo es una mancha más de LSD, un abordaje, un hospital móvil, un Teatro, una fiesta, un amor de mil y una estrellas cuando la muerte me persigue.
Hay que ser honestos con la soledad. Hay que sabernos siempre nadie y respetar la ley poética, su crematorio, su sobreactuación y zafarrancho, su blasfemia, su enfermedad, su esperanza.
Andar solas y sin miedo. Andar libres y sin equipaje ni mañana. Andar sobre el pico de la ola, morena en el tequila, pálida en el suburbio, siempre en el peligro, flotando en la ruina, navegando en el vacío, al borde de la total pobreza, del beso del Sol.

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